Seccion Libros - LIBRO 048:
"La Gargata Poderosa, El Libro
Album Que Acompaña Este Posteo
Indio Solari & Los Fundamentalistas Del Aire Acondicionado - 2010 - El Perfume De La Tempestad
La Garganta Poderosa El Libro
Autor: Anonimo
Editorial Octubre
1ra Edicion Octubre 2015
Indio Solari.
Septiembre de 2011
YO, ser humano
Detrás del mito y la adoración, resiste un chabón, un padre, un esposo, un bostero, un hombre lleno de carne y de huesos. Somos tantos que lo aclaman, pero apenas envuelto de piel, sin disfraz, ni armadura, ni corset. Preso en su ciudad, padece fobia a la gente y no conoce Buenos Aires: “Es muy difícil hacerse cargo del cariño de miles”. Pero aun así, atrincherado en un hotel, mientras ardía Junín por la presencia del Indio, Carlos nos regaló increíbles horas de su intimidad, “porque me llamó la atención esta estructura y esta manera de trabajo, esta eclosión de donde surge La Garganta”, entre tanto lobo suelto y cordero atado. “Yo soy de izquierda, pero si me preguntás de qué izquierda, no sé”, dice, en defensa de su identidad apartidaria, de su espíritu psicodélico, de su apología de la libertad. Tal vez por eso, sus mensajes no son suyos, son tuyos, son nuestros. Y entonces, esta vez, las fotos son acción sin producción, porque lo que quiere contar está ahí, en su obra, en su luz, en su canción.
Cuánta razón. Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón.
Letras: Paola Vallejos
Entre la nota a Diego y esta entrevista al Indio, cumplí 28 años. Jamás había imaginado que iba a estar frente a estos dos monstruos y tampoco que, a través de La Garganta, conocería las monstruosidades que ocurrieron en mi país, tres décadas atrás. Diez años menos que yo tenía María Clara Ciocchini cuando fue secuestrada y desaparecida, el 16 de septiembre de 1976, por pedir un boleto y reclamar un derecho. Le decían “La Cieguita”, pero sus ojos militantes veían más allá. A ella, mi humilde homenaje.
Fotos: Romina Rosas
Horacio Ángel Ungaro tiene alas, pero no es un ángel de la soledad, como canta el Indio. Su vida, su causa y su desaparición, en aquella Noche de los Lápices, lo rodeó de compañeros, que hoy lo recordamos en estas líneas y en cada uno de los días, de los meses y de los años, sobre este colectivo poderoso. Aquella dictadura atroz no pudo aceptar que Horacio tuviera tantas pelotas, con sólo 17 años. Y entonces, lo quiso callar. No han podido. Hoy grita con nosotros. Y con el Indio Solari.
No nos caímos del cielo. Después de la nota con Maradona, decidimos quedarnos ahí, esperando otro ser de luz. Pero, de pronto, curiosamente, no nos sentimos arriba, sino abajo, más abajo que nunca, andando los caminos que alguna vez soñamos andar, en un sueño encantador, en un suelo villero sin pesadillas ni despertador. Todo empezó a gestarse nueve meses atrás, como las creaciones que te cambian la vida.
Bajo el sol de diciembre, cuando La Garganta recién empezaba a entonar las cuerdas de La Poderosa, con la entrevista a Román, su nombre salió a la luz, en una asamblea: “¿Y el Indio?”. Imposible. “No da notas”, se le contestó a ese loco soñador. Pero en marzo, con la revista en los brazos de los lectores, desmintiendo la imposibilidad de las posibilidades, nos animamos a un poco más. Un mail al representante y a esperar la respuesta.
“Indio aplaude el proyecto. Contactémonos nuevamente pasada mitad de año”.
Con la grandeza de la respuesta, cortita, nos empezamos a ilusionar. Y en junio, con otro correo, regamos la esperanza un poquito más.
“Indio ya dijo que sí a la nota, pero tengan un poco más de paciencia. Hablemos una vez que pase el show de septiembre”, respondió Julio, su mano izquierda, el hombre que finalmente nos haría llorar a todos los miembros de la revista, porque sí, somos hinchapelotas, pero también somos sensibles.
Mordiéndonos la lengua, tratamos de respetar el pedido para bancar que pasara el tremendo recital de Junín, pero no pudimos.
“Atrás del Diego, tiene que venir el Indio”, volvió a decir, con La Garganta ya gateando, el mismo loco que, por ese entonces, se veía un poco más cuerdo. Y, arriba de La Poderosa, fuimos a buscarlo con todo:
“Julio, este mail es diferente a los anteriores; esta vez, necesitamos hablar con vos”.
Nos pasó su teléfono primero y suero después:
“Indio los espera en Junín, el jueves, antes del show”.
Para mí, no sólo sería la posibilidad de entrevistar a Carlos, sino la primera oportunidad de compartir una “Misa Ricotera”, con toda esa multitud devota de la música, en esos encuentros de miles y miles, celebrando la libertad.
“¿Julio, por si entendimos mal, usted nos está diciendo que el jueves hacemos la entrevista?”.
Sí, habíamos entendido bien. Y entonces, ¿para qué íbamos a caernos del cielo, si nos podíamos quedar, como mínimo, un mes más?
Todo Junín estaba conmocionado con la llegada del Indio, con verlo, con tocarlo, con escucharlo. Pero yo, por suerte, no tenía nada que ver con esa estrella de rock. Apenas estaba ahí, buscando a Carlos, un tipo de carne y hueso, como esos que andan por todas las calles.
Así me presenté en el hotel y, de pronto, apareció ahí, sin los anteojos negros, a cara descubierta, fuera del personaje, dentro de su persona.
“Soy bastante fóbico con la gente, y el motivo por el cual estoy dando esta nota, pese a que hago muy pocas, es que me llamaron la atención esta estructura y esta manera de trabajo, esta eclosión de donde surge La Garganta, pero si no fuera así, vivo negándome a las entrevistas, tratando de ser elegante porque la gente te invita con buena voluntad, pero uno no puede hacerse cargo de todo”.
Atento a que no faltara nada de tomar ni de comer, propuso un brindis antes de que encendiéramos el grabador:
“Por la buena salud”.
Y para romper toda estructura, de entrada nomás, empezó el reportaje al revés.
“Parece que hoy soy yo el que hace las preguntas”, se rió, mientras indagaba por La Garganta, La Poderosa, nuestras villas.
Sólo después, decidió presentarse:
“Primero voy a decirles desde dónde hablo, porque muy pocas veces lo digo. Independientemente de cualquier actitud política, dado que vivimos en un grupo social, yo no creo en el artista militante. Pienso que el artista no tiene que formar parte del sentido común de la sociedad. Los políticos, sí. El resto de las construcciones, sí. Pero el artista tiene que estar en la frontera, cruzarla, volver, correr riesgos.
Y, por otro lado, no creo que haya dogmas políticos que solucionen los problemas para siempre. Son eventuales, circunstanciales. Por ejemplo, yo tengo una buena opinión de lo que está pasando en este momento, pero eso no me pone en las filas del kirchnerismo, ni mucho menos. Simplemente, como ciudadano, me doy cuenta de que están pasando cosas importantes.
El artista tiene que preservar un lugar donde no forme parte del sentido común, porque lo tiene que exceder, atreverse a cruzar las fronteras de la sociedad, haciendo experiencias no ordinarias y aplicándolas no sólo en la plástica, la música o la lírica.
Para mí, el artista es el único que no debe estar sujeto al sentido común, que sirve para todas las administraciones de la vida.
Yo quería hablarles desde este lugar, que estuviera claro que en mi simpatía yo soy un tipo de izquierda, pero si me preguntás de qué izquierda, no sé. ¿De la nueva izquierda? Siempre hay una nueva izquierda, pero antes que eso, me considero un artista, porque no tengo otra forma de llamar a lo que hago.
Y creo que ahí hay una cosa especial que sienten los que se dedican a lo que me dedico yo, buscando atraer nuevas lecturas a la vida común, al sentido común, casualmente.
Yo soy un hombre de la psicodelia, que es la experiencia de que hay algo mucho más profundo. Yo soy un psicodélico. Y me gusta avisar desde dónde hablo, porque pueden ser muy simpáticas mis canciones, pero quizás el hombre que soy tiene otras características”.
Auténtico, Carlos. Un hombre con un nombre difícil de cargar. Con fobias y grandezas, de venas y sangre, con la sinceridad como bandera en su corazón:
“Ustedes me propusieron ideas para hacer la tapa y la contratapa características de su revista, pero creo que me conocen y saben que soy un hombre estricto con los medios. No soy muy amigo del slogan, del mensaje, porque lo que tengo para decir lo digo en las canciones y no creo que pueda agregar mucho más.
Son sospechas que uno tiene, que terminan arruinando lo que la poesía contiene, la capacidad de generar realidades intelectuales más profundas de lo que uno puede decir en una charla, ¿no? Quizá porque la poesía pasa a través de uno y no es uno el que la emite con toda su dureza, todas sus ignorancias, todas sus miserias.
Entonces, sinceramente creo que las realidades intelectuales que genera la poesía son bastante más ricas de las que uno puede aportar en una conversación.
Pero bueno, son maneras de verlo. Y discúlpenme que no colabore con la estética, pero ya soy un hombre grande, cada vez más sujeto a la biología, y la biología me dice cosas.
Creo que lo que uno hace tiene que estar representado arriba, en el escenario. Además, aparece mi imposibilidad de sujetarme a las fotos y posar, ya que todo esto me cuesta mucho porque me veo ridículo. No tengo pasta para eso.
En cambio, en un escenario, donde hago lo mío, las fotos no me molestan tanto. He visto producciones de artistas desnuditos en tapas de revistas, disfrazados de Bolívar o haciendo otras cosas raras... yo no puedo hacerlo”.
¿Cómo no entenderlo? ¿Y cómo no respetarlo, cuando nos apabulla de respeto?
Sin más que hablar sobre las fotos, simplemente se levantó del sillón y llamó a Julio:
“Por favor, acreditá a un fotógrafo de La Garganta para el show”.
Eso sí, con una condición:
“No me hablen más de ‘usted’; díganme vos”.
—¿Cómo es un día tuyo?
—Bastante rutinario, porque estoy refugiado en mi familia y en mi actividad. A diferencia de otras épocas en las que vivía de noche, con pool, whisky, papusa y qué sé yo, hoy me levanto bien temprano, a las seis de la mañana, preparo el desayuno para toda la familia y, cuando rajan para el colegio, me voy para mi sala de ensayo.
Ahí hago lo que tengo ganas. Si quiero dibujar, dibujo; si tengo que componer, compongo; o quizás agarro la computadora y contesto mails.
Después, a la tarde, solemos estar grabando o tocando. Y si no tengo ninguna actividad, boludeo.
Boludear es estar permanentemente con la cabeza en lo mismo. No es que esté por ahí, abajo de un arbolito, tomándome un cafecito...
Siempre tengo una libreta cerca. Y si tengo que interrumpir alguna actividad de rascarme las pelotas, la interrumpo, porque las ideas son muy poderosas cuando aparecen.
Yo creo que es verdad que llegan de esa manera, pero hay que estar a disposición: el rol de uno es estar atento. Porque una vez que se te va, se escapó.
Si se te ocurre una frase ingeniosa o hay una melodía que te gusta, la tenés que registrar para jugar con ella y ver de qué manera la podés ofrecer porque, en realidad, lo que uno hace es eso: transmitir.
Uno siente un tipo de emoción y trata de transmitírsela a los demás. La da vuelta, la mece, la sacude, la mezcla.
En realidad, no estamos inventando nada; simplemente encontramos una forma emotiva de transferirle a los demás algo que a uno lo conmovió y lo emocionó.
Entonces, mis días transcurren en eso. Y cuando puedo, viajo, porque soy muy fóbico al reconocimiento público.
Una vez dije una cosa que suena muy fea: yo extraño Nueva York, en vez de extrañar Buenos Aires, porque ahí es donde puedo ir con mi señora y mi hijo a hacer vida urbana.
En Buenos Aires me pone loco la gente pidiéndome cosas.
Hay una anécdota de cuando Bruno tenía cinco años. Había leído en el diario que durante una de las elecciones los shoppings iban a estar abiertos y le dije a Virginia:
“Aprovechemos hoy, que todo el mundo va a votar y va a comerse unos ravioles a la casa, para ir a comer una hamburguesa con Bruno”.
Dicho y hecho. Terminé de votar y nos fuimos.
No había gente, pero estaban las butiqueras, los muchachos de seguridad... todos estaban al pedo y empezaron a salir de la boutique para pedirme una foto.
En un momento, Bruno paró y me dijo:
“¿Papá, por qué todos te piden cosas a vos?”.
Él no tenía idea de qué era un autógrafo, ni quién era yo, ni qué significaba.
Yo a Buenos Aires prácticamente no la conozco. No conozco Palermo Cool, ni Palermo Soho, ni Hollywood. A duras penas voy a una parrilla que queda cerca de casa, cuando puedo.
Y cuando quiero hacer vida urbana, voy a una ciudad que me gusta mucho, que es Manhattan —al igual que el resto de Nueva York—, donde puedo ver espectáculos.
Viajar un poco me distrae, me aparta de estar encerrado, porque vivo muy enclaustrado.
No me llevo bien con la sabiduría de la multitud y me veo a mí como un francotirador.
Soy un tipo que ocupa un lugar no muy reconocido, ni por derecha, ni por izquierda, ni por hippie, como alguien que tiene una mirada. Y trato de protegerla, ausente de los compromisos, porque la militancia que yo entiendo te obliga a tener un grado de individualismo del que no me puedo desprender.
Hay movimientos que me son simpáticos, porque sé que me ayudan a vivir, pero prefiero tener un lugar de francotirador, desde donde pueda estar liberado de todo compromiso para ser sincero con mi alma.
Esto a veces cuesta, porque no hay aliados y te tiran cañonazos de todas partes.
Nosotros sabemos de esos cañonazos que te tiran. Y también compartimos que no hay nada mejor que ser genuino.
-Ese es el motor. Yo tengo un motor artístico, a mí me pasa eso. Tenés que estar libre de todo preconcepto para ejercer lo que hacés, pero hay otras actividades que necesitan de un ordenamiento. Los administradores y los políticos deberían estar más preocupados por eso, pero los artistas creo que tenemos otro rol, más parecido al de los estilitas. Es un rol que uno tiene que aceptar para frenar la estimulación que te convoca desde distintas partes. Decís: “Bueno, tengo que poner un freno porque inmediatamente me vinculan con esto, de una manera que pierdo capacidad. Y deseo seguir siendo lo que yo debo ser”.
-¿Sufrís, por ejemplo, por no poder llevar a Bruno al colé o a una plaza?
-Te acostumbrás. El problema es que en el único momento en que podemos viajar es cuando él está de vacaciones. Por más que lo hacemos faltar a veces unos días y las maestras son bastante comprensivas, porque saben lo que pasa, me jode porque cuando acá es verano, en el hemisferio norte hace un frío de cagarse y, cuando acá hace frío, allá el calor es insoportable. Nueva York, por ejemplo, es muy bonito en otoño y en primavera, pero en verano es muy caluroso. Ya sé que son detalles, pelotudeces. En realidad, trato de escaparme y poder disfrutar de eso. La ventaja que tengo es que, como prácticamente estoy encerrado en mi casa, paso mucho tiempo con mi hijo. Gracias a Dios, tengo la posibilidad de vivir en una casa grande, que mis fobias agradecen. No me llevo muy bien con las gentes, en general.
-¿Qué te generó estafobia social?
-Creo que el personaje. Es muy difícil hacerse cargo del cariño de miles. Disfruto mucho el momento de subirme a un escenario, pero después me gustaría que todo el mundo se fuera, para poder ir a un restaurante o al cine. Y no, la gente te vigila. Yo crecí en una época en la que la clandestinidad era muy sana. Cuando has aprendido a vivir de esa manera, no te acostumbrás a que haya gente que te vigila. A veces hay reclamos de parte de la familia, pero saben que no me llevo bien con el autógrafo y esas cosas, porque te roban el momento. Vos estás queriendo jugar con tu hijo y ves que están todos pispiando si te metés el dedo en la nariz. Hay gente que se maneja bien con eso; yo me manejo para la mierda.
-¿Cómo hacés con esafobia para subirte a un escenario ante Bo mil personas?
-Ese es el lugar más cómodo sobre la faz de la tierra, ahí está todo a favor mío. Ni siquiera es como los jugadores de fútbol, que tienen a la mitad de la cancha en contra; acá, mien- I ras vos no hagas muchas cagadas, mientras no les arruines la noche, todos están a favor. Es el lugar más cómodo para mí, más que la cola de un banco, más que en cualquier lado. Bueno, en realidad, no voy al banco, porque no manejo nada de mi vida. Es cierto que esto te transforma en un inútil. Sí, te volvés una especie de inútil por este tipo de fobias, porque entre tu manager, tu mujer y tus asistentes te van abriendo camino y solucionando todo. Yo, por ejemplo, no tengo celular ni atiendo el teléfono de mi casa. Me pasan las llamadas cuando son muy importantes. Mi mail lo tienen solo mis músicos y dos o t res personas más. O sea que yo vivo prácticamente protegido por la actividad de gente que sabe que tengo esta tara y colabora para hacerme la vida más llevadera.
-¿Hubo un punto de inflexión en tu vida que haya originado esta fobia?
-Fue paulatino y empezó hace muchos años, porque desde que estábamos con Los Redondos ya llenábamos estadios, le acostumbrás, pero vas padeciendo fobias que en otro momento eran inéditas, como el encierro, por ejemplo. Y no me gusta un carajo. Cuando era joven no me pasaba lo mismo. Comprender que no tengo posibilidades de modificar mis circunstancias es muy molesto para mí. Soy como un animal que está cercado y no jode a nadie, pero quiere que le dejen un lugar para saber que puede rajar. Hay momentos que se ponen bravos. Para contar una anécdota: estando en un colectivo en Londres, me bajé en medio de una tormenta y le tiré la cámara a Virginia. íbamos en un bondi de esos muy bonitos y todos herméticos que tienen los ingleses. No aguanté y me bajé en las afueras de la ciudad, porque fue más fuerte que yo. Es una incomodidad muy grande, porque por un rato no tenés dominio sobre vos mismo. Aquella vez me imaginé que faltaban tres horas de viaje en esa cosa hermética, con un señor que explicaba lo que veíamos, que hablaba todo el tiempo... me resultó insoportable, hice parar el micro y me bajé. Virginia me miraba con los ojos de no entender y yo no podía ni explicarle lo que estaba pasando, porque era como una cosa animal, sí, como un animal que se sentía atrapado. Esa es una de las fobías que tengo. Por supuesto, no me pasa todos los días sino tendría que estar tomando alguna medida, pero sí cada tanto, sobre todo en circunstancias de encierro. Por eso vivo en una casa. Y no en un palacio, como dice un periodista de Clarín, Mariano del Mazo, que es un resentido que quisiera tener la vida que cree que tengo yo. Tengo una casa de campo, una hectárea linda con árboles, pero no vivo en un palacio. Encima, él se puso a opinar sobre mi separación con Skay y con Poly y dijo que tenía que ver con un tema de plata. No entendió que tiene que ver con la custodia artística y no con lo económico. A mí me está yendo muy bien en ese plano, no necesito más dinero, pero sí la custodia artística, porque las cosas no terminaron bien. Con el tema de la edición, si en un show vos la pifiás, te tropezás, y yo te pongo eso y al resto lo libero, cambia la historia visual de lo que pasó. Uno viste traje de luces y el otro es un boludo que anda tropezando y olvidándose las letras. Entonces, yo estoy buscando la custodia artística. Una copia, ni siquiera pido todo. Pero ese periodista insiste. Es él quien tiene el problema del dinero porque es un mal pago, y le encantaría tener lo que supone que es la vida de una estrella de rock, que es una historia que se arma en la cabeza para poder trabajar en esos sucuchos.
-¿Cómo ves hoy a los medios de comunicación?
-Yo no me llevo bien. En general, estamos acostumbrados a los periodistas que prefieren a los artistas mediocres que tienen bajo el pulgar. Pueden dominarlos, entonces, los invitan a este y a otro lugar. Por eso les chupan las medias, les chupan el orto. Por suerte, desde que empezamos a tocar con Los Redondos, cuando nos presentábamos en lugares para cien personas, venían ciento cincuenta. Entonces, nunca tuvimos la necesidad de chuparle las medias a nadie. Y eso no les gusta, porque ganan poco y lo compensan al hacer sentir su poder.
-Difamando a los demás...
-Sí, difaman o inventan directamente. No abarquemos a todo el mundo, pero sí hay muchos de esos que utilizan la pequeña cuota de poder que tienen para joderte la vida, la exprimen al máximo, porque es su signo.
-¿Por qué el periodismo se convirtió en un espacio donde casi nadie dice la verdad?
-Lo que pasa es que la gente cree que los medios son el cuarto poder, pero las corporaciones de las noticias son el poder más importante que hay sobre la tierra. En los Estados l Inidos por lo menos hay una diferencia: The New York Times te dice que es demócrata, y el otro diario te dice que es de derecha, entonces vos lo leés sabiendo lo que pasa. Lo que no me gusta es que se “vendan” la neutralidad y el estilo neutral. Yo tengo un estilo, pero no es neutral, es de izquierda. Independientemente de que coincida o no en su articulado con la manera de ver la izquierda de los demás. El estilo nunca es neutral y, desgraciadamente, las corporaciones periodísticas son muy poderosas en todo el mundo y están acostumbradas a hacer caer gobiernos. Trabajando ahí, algunas personas se sienten poderosas y son unos perejiles que están al servicio de los verdaderos dueños del poder. Lo que no termino de entender es cómo hacen para convivir con esa manera de ser. No hay muchas justificaciones en la vida para eso, para vivir desde ahí.
-¿A qué te referís con “vivir desde ahí"?
-A hacerlo desde el lugar de la deshonestidad. Yo pienso que cuando esto se acaba, se acaba; entonces, la única justificación que tengo es esta vida. La única mirada que yo tengo es la mía, en el espejo. ¿Cómo hacés para vivir mintiendo miserablemente, bastardeando a la verdad, sabiendo el daño que se causa? Y no son estúpidos, son gente preparada en el ambiente. Entonces, no sé cómo se hace para vivir desde esa ignominia, desde ese lugar de mierda.
Sufre, Carlos, un chabón como vos, pero que no puede serlo hoy a la tarde, ni mañana a la mañana. Sufre Carlos, por culpa del Indio. Y parece tan chabón, tan vos, tan yo, sentado ahí, en un hotel de Junín, en la antesala de su show:
—No me termino de acostumbrar, porque el que más ignora es el que está en el medio de la tormenta. Ahí es donde uno se encuentra más tranquilito. Yo me levanto todos los días a las 6 de la mañana y veo al mismo tipo egoísta, con sus defectos, que de jovato se ponen más intensos. Porque eso a lo que la gente se refiere como mi estilo, en realidad, son los defectos que tengo. Yo sé que hay cosas que ignoro, que no aporto y, cuando estoy solo, uso mucho el silencio. Pero cuando estoy con gente no me gusta porque provoca cierto temor. Siempre creen que uno está enigmático cuando, en realidad, no tiene nada para decir. Uno no debe sentirse obligado a decir cosas ingeniosas, que es lo que se acostumbra en la cultura del rock. Los músicos en los reportajes intentan decir cosas ingeniosas, es una manera de vender. Yo ya estoy grande y ya me pasó toda esa etapa, que es difícil de abarcar. Del éxito a ser un tipo que se acerca a la meta final y se da cuenta de que eso ya no es lo más importante, sino el reconocimiento profundo que te tienen los amigos y la gente que te quiere, la que te protege y te recuerda que vos sos un miserable como cualquiera. Esos impiden que la lengua dorada de los que te adulan te transforme en un ser infame.
Esos laberintos atraviesa la convivencia de Carlos con el Indio.
—¿En qué momento de tu vida tenemos esta charla?
—Siempre hay un ímpetu de adolescente que, no sé por qué, uno conserva. Aun con el tiempo, estoy en un buen momento, porque he dejado de ser el centro de mi vida: el centro de mi vida se llama Bruno. Eso es una comodidad, ¿no? Tenés una excusa por la cual hay un montón de cosas que antes no hacías, como el cuidado de tu cuerpo y de tu mente, que ahora atendés. Es una etapa feliz. Y, de pronto, me encuentro también con esta maravilla del reconocimiento, la resonancia más que nada, de lo que hago, así que lo único que me fatiga es lo que hablábamos al principio, el personaje Indio Solari. Tiene una carga grande porque se le adjudica una capacidad que no creo tener íntegramente. Si hay una cosa que es verdad, es que el tiempo es oro y de eso te das cuenta cuando sos más grande. Es una verdad irrefutable y, entonces, no quiero que la necesidad de ser amable con la gente me haga perder mucho tiempo, porque yo disfrutaría mucho más haciendo canciones o jugando con mis dibujos. Todo eso que yo disfruto, para mí no es un trabajo, independientemente de que vivo de eso y vivo muy bien. Ahora cambiaron mis hábitos; hace muchos años, yo vivía de noche y ahora me levanto a la madrugada, que creo que es cuando estoy más lúcido. La llegada de Bruno hizo que empezara a hacer una vida mucho más sana y estoy en una buena etapa, con todas las tribulaciones que tiene la vida en general para todo el mundo, porque todo el mundo tiene problemas. Algunos no sufren la falta de dinero, pero otros sí. Creo también que en este momento social hay posibilidades que hace unos años no existían. Considero que hay una buena administración, que ha sido reconocida por la gente en las últimas elecciones, y espero que trabajen para la historia, que se pongan las pilas y que continúen otros cuatro años.
—¿Cómo ves el proceso que se está dando en Latinoamérica?
—Veo esta unidad, que es importante e interesante, aunque más no fuera como un bloque que pueda pulsear un poco más de poder, con respecto a los bloques que ya están, ¿no? Me refiero a ese poder establecido, esos grupos que gobiernan el mundo y deciden bajar un gobierno y poner otro porque les conviene por el petróleo o por lo que carajo fuere. Hacer un bloque latinoamericano no estaría mal, sobre todo teniendo recursos naturales importantes que en un futuro van a ser más relevantes aún, sobre todo mientras la tecnología siga entregando chucherías y no resolviendo los problemas básicos. Los recursos naturales van a seguir siendo muy valiosos en las próximas décadas. Los acuíferos, el petróleo... A las grandes corporaciones les cuesta mover los capitales de lugar y no les gustan los cambios económicos estructurales.
—Hace veinte años decías que este sistema estaba agotado. ¿En veinte años más, vas a estar contestando la misma pregunta?
—No, yo creo que la gente no quiere darse cuenta de que hay voceros viviendo a costa de la rutina de los demás. Cuando se cayó el comunismo, inmediatamente se cayó el capitalismo. Simplemente, sirvió para demostrarle a Alemania del Este que los televisores y las pelotudeces que nos venden todo el tiempo parecían tentadoras en ese mundo casi de Disney, donde hay secarropas, lavarropas y cosas maravillosas, pero en realidad todo es un fraude porque, de movida, no podría haber esas alcahueterías para todos por el simple hecho de que se dispararía la ecuación ecológica. Si todos en África, Asia y Latinoamérica tenemos secadores de pelo en el living, se dispara la ecuación ecológica. Fabricar toda esa sarta de porquerías hace mierda el medio ambiente, entonces, sería imposible generar un mundo donde todos tuviéramos esas chucherías. Además, a los que viven en esos lugares de privilegio no les gustan las novedades o los cambios. Aparte, es un sistema tan perverso... Ya no existe la idea de entrar a la Casa Blanca con máuseres, porque hay un montón de oficinas administrativas con gente que te dice "yo sólo trabajo acá". No hay ya un monarca al cual le cortás el cogote y sospechás que van a cambiar las circunstancias. Todos "trabajamos acá", todos somos parte de este espíritu de colmena, de esta especie de jauría. Entonces, a mí me cuesta ser esperanzado y mirá que lo intento porque tengo un hijo de once años.
—¿En aquellos años de militancia, pensabas que cuarenta años después ibas a ver a un dirigente aborigen presidiendo un país en Latinoamérica?
—No, pero mucho menos hubiera imaginado a un negro en la Casa Blanca. Lo que pasa es que nosotros llegamos a jugar con nuestros sueños. A mí me tocó la generación del 67, 68, 69, 70, una época en la que podíamos jugar con una aventura posible a nivel internacional. Fue la primera vez que los jóvenes, por su condición de jóvenes, generaron una revolución mundial. Ni los jóvenes moscovitas, ni los de la Revolución Francesa, hicieron la revolución por su condición de jóvenes. Fue la primera vez que los jóvenes avisaban que el mundo que venía, el que le dejaban los adultos, no les gustaba. Acá éramos minoría, pero fue un movimiento internacional. Los sueños que teníamos se cumplieron de una manera extraña, porque la política del éxtasis se transformó en el rock, que es la música oficial del sistema y la new age, o sea, en dos pavadas, pero eso no quita que haya sido un buen sueño. Y de alguna manera está mejor la vida hoy en día en ese nivel de libertades individuales con respecto a esa época.
Qué te pone la piel de gallina?
—Y... Mi vida está muy reducida a mi relación con Bruno y mi mujer. Cualquier cosa. Sobre todo lo que le pasa a la inocencia de las criaturas. Por ejemplo, este drama de Candela me hace pensar que si existe Dios, no está muy interesado en este mundo.
—¿Creés en algún Dios?
—No, no. No tengo una mirada religiosa de esa dimensión. Desearía tenerla porque, en general, creo que existe por el temor que le tenemos a la nada. Sufrimos un terror a que esto se apague y no haya nada. Entonces está el cobijo de los dogmas cristianos, sobre cualquier religión. Si son sinceros sirven para creer que hay otra vida, que nos vamos a levantar en algún momento. Pero, bueno, yo no tengo esa posibilidad. Me tengo que bancar el hecho de creerme y cuando se acabe Carlitos, se acaba.
—¿Qué gritarías para que no ocurra nunca más?
—Lo que pasa es que elegir algo... se hace muy difícil. Ya tengo 62 años y me he comido muchos sapos a lo largo de mi vida. Los escucho hablar a ustedes acerca de su militancia y pienso en lo que buscábamos nosotros en su momento. Hablo de los hippies, mal descriptos por la sociedad. Queríamos la difusión del poder y la distribución de la riqueza. La nueva izquierda que se forjó en ese momento buscaba eso y, probablemente, fueran todos gritos utópicos. Hoy no me atrevo a decir cuál sería el grito que daría: haría una catarata de gritos.
—¿Qué utopía tenés?
—Es difícil esa pregunta, porque cuando lo trato de encuadrar dentro de esa mirada, de la utopía, es medio desesperanzador. Mi preocupación es el mundo futuro que me imagino porque tengo un hijo de once años. El último disco, El perfume de la tempestad, habla un poco de eso, de este concepto básico de que vamos tirando papel picado en la cubierta de un barco mientras nos espera un iceberg.
La recuperación de la inocencia es posible, es una utopía muy difícil pero, como utopía, sirve para moverse, para seguir esperanzado. Pero si la encuadramos para ver la capacidad que tenemos de resolver el futuro de la condición humana, es desesperanzador.
No tengo muchas ilusiones con respecto a eso, porque veo a la condición humana con el poder de extenderse en las cuerdas orgánicas como si fuese un tumor. Y no tenemos plata para llevarla adelante. Los recursos naturales se están agotando, y cada vez la condición humana es más longeva.
La verdad, no tengo un discurso esperanzador. Por eso, algunas veces me lo reservo.
—¿Y por qué creés que llegamos tan cerca de ese iceberg?
—Porque ocurre con cualquier sistema que crece desmesuradamente y que se impone de esa manera. Como el cáncer —es la analogía básica—, la condición humana es la dueña del cascote donde vivimos y crece sin freno, consumiendo recursos naturales.
Realmente, yo no veo que toda la aventura tecnológica resuelva el hambre o las cosas básicas. Nos están dando chucherías, cosas que nos entretienen, como el Nintendo y otras pelotudeces pero, en definitiva, a la mierda del inodoro se la sigue llevando un chorro de agua.
Estamos en un estado primitivo del confort y aquel que, como yo, tiene la suerte de poder consumirlas, sabe que las cosas confortables funcionan muy mal.
Así que no veo una esperanza, sino mejoras que tienen que ser sectoriales. Me gusta que estemos en un buen momento acá, pero si uno se pone profundo, no encuentra respuestas esperanzadoras, al menos no las tengo.
Me gustaría entender que el iceberg se está derritiendo y que el barco va a pasar tocando la bocina, pero no veo eso, sinceramente. Quizá sea mi ceguera, tal vez sea corto de vista intelectualmente.
De cualquier manera, la única esperanza que me queda es la de siempre: los jóvenes; esa es la luz que a uno le queda cuando tiene sesenta y pico y está desesperanzado.
Popular, su música, su mirada y su gente, porque es mucha, pero mucha de verdad, desde Junín hasta el pasillo de nuestros barrios. Y entonces, la realidad de las villas no le resulta ajena:
“Nunca pisé una, pero tengo una visión por supuesto mucho más liviana que la que muestran los medios. Creo que hay de todo, como en cualquier lugar.
Y es muy difícil salir adelante en una sociedad que enjuicia al puto suelo de la miseria con la misma vara que mide a la gente aposentada.
Cuando vos sos padre y no tenés medicamentos ni comida para darle a tu hijo, es entendible que pienses en salir de fierro. No es la misma vara que se usa para medir a la clase media.
Cuando abandoné todo, por ejemplo, cuando hice mis experiencias psicodélicas y comunitarias, sabía que la televisión, la heladera, las pelotudeces, las iba a volver a tener.
Ahora, cuando vos nacés en el puto suelo de la miseria y tenés un hijo que está llorando de hambre, sin siquiera su medicina... Por supuesto que es preferible remarla y socialmente es más aceptable, pero yo no sé qué hubiera hecho.
Porque, en definitiva, tu vida vale la recaudación de un taxi. ¿Se entiende? Tu vida no vale una mierda.
Tiene que haber un derrame del producto bruto interno, que es un poco lo que está haciendo este gobierno.
Hay una cosa que es estadística: los países donde la calidad de vida es mejor son aquellos en donde es más chica la brecha entre los que más tienen y los que tienen menos.
En ese aspecto, los mejores países son los nórdicos, donde hay un derrame que alcanza a los estratos más bajos. Nadie afana leches, nadie afana pelotudeces.
Puede haber negociados en la venta de aviones y cosas así, pero nadie necesita robar cosas básicas”.
—¿Cuál creés que es tu peor manía de clase media?
—Estoy lleno de cosas así. Lo que me diferencia es que en una época abandoné la clase media con la idea de que no podía pasar nada malo, casualmente porque éramos de clase media.
Para hacer esa aventura hippie, para crecer en mi aventura comunitaria, dejé un departamento lleno de cosas que se llevaron los amigos. Porque lo primero que me pregunté fue si podía atreverme a hacer esa experiencia, a dejar todo.
Pero la clase media fue abandonada por el país también, hubo momentos en los que prácticamente no existió.
Yo creo que es un motor significativo pero, desgraciadamente, hoy en día está atontada por el medio. Entonces piensa en pelotudeces, como tener las últimas chucherías del sistema y estar a la moda.
Básicamente, está bastante insensible, sobre todo al dolor de los demás, pero yo no me puedo negar. Soy un producto de clase media y no nací en el suelo de la miseria, no he tenido ese destino, pero eso no me ha transformado en un ser insensible, no.
—¿Qué sería de la música sin el Indio? ¿Cómo haría Junín para romper esa paz, por momentos tediosa? ¿Cómo haría Salta para seguir saltando con el pogo más grande del mundo?
“Está pasando algo muy extraño y tiene que ver con la difusión online de lo que uno hace.
Para las producciones independientes es una cagada, pero no para las corporaciones, porque ellos trasladan los capitales y son los mismos que manejan los sitios de Internet donde se puede bajar la música.
En cambio yo, por ejemplo, que soy independiente, invierto dinero y tiempo en algo que ya no me va a rendir económicamente.
Si vos trabajás con sponsors, con la telefonía que te paga todo para que vos les hagas propaganda, ellos te sustentan económicamente.
Pero cuando te bancás todo de tu bolsillo, perdés guita.
Por eso, el próximo disco quizá sea el último, ya que no puedo recuperar el dinero.
Y la única opción que tengo es trabajar con las corporaciones que se sustentan con la promoción de los trabajos.
Te obligan a eso; es lo que hacen los demás.
Tocan en festivales donde el logo de BMW y Coca-Cola es más importante que el escenario.
Te obligan a que tu música salga primero por los teléfonos, por un arreglo con la telefonía, y a ese tipo de cosas raras.
Ahí, el productor independiente está cagado.
Yo todavía tengo la suerte de ser un buen vendedor de discos, porque la gente sigue eligiendo tener el librito, el disco como objeto, pero no creo que eso dure más allá del próximo disco.
Entonces, ¿quién va a comprar algo que se consigue gratis?
Y no hay ni un amague de hacer algún tipo de legislación.
Por eso, yo tengo ganas de hacer el próximo disco, pero creo que va a ser el último que podré financiar.
No tengo idea qué haré más adelante.
De cualquier manera, a mí me agarra grande, puedo dar las hurras y decir: “Bueno, fue todo muy lindo, me voy a dedicar a pescar”, pero me imagino la situación de los productores independientes jóvenes, que tienen que bancar instrumentos y estudios de grabación y sé que la tienen difícil, porque necesitan unos miles de dólares para invertir”.
—¿Y qué opinión te merece la ley de la música, que está por empezar a debatirse?
—Son cosas burocráticas que muchas veces alimentan los intereses de músicos fracasados. Lo mismo pasa, por ejemplo, con SADAIC, uno de esos lugares en los que hay un montón de viejos manejando la guita.
Mi caso es una risa, porque SADAIC me defiende a mí de mí mismo... Supuestamente, está creada para que te cobren a vos para darme a mí mis derechos si tocás mis temas.
A mí me sacan plata y me devuelven la mitad, pero yo no toco temas de Pink Floyd, toco mis temas.
—¿Cómo te afecta el presente de Gustavo Cerati?
—A mí, con mis colegas, me pasan cosas extrañas. Porque casos como los de Gustavo debe haber un montón, pero lo que le pasa a un colega a uno le llega de otra manera.
A mí lo que me jode, de Luca que se murió, y la puta que lo parió, es que me perdí de las canciones que hubiera hecho. O que lo hayan matado a John Lennon... Matan a un montón de gente todos los días, lo sé.
Lo que me duele es que me perdí todo lo que él hubiera hecho y lo extraño, extraño cosas inasibles, lo no creado.
Y me pasa lo mismo con Gustavo. Tengo mucho respeto por su obra.
No tenemos la misma tarjeta, él es muy fashion, más frívolo, más cool, y yo más crítico, más ríspido, más ácido, pero creo que Cerati es uno de los mejores músicos, de los más prolijos, de los más trabajadores y los más meticulosos de la cultura rock de la Argentina.
Y lo respeto porque yo trato de hacer lo mismo con mi trabajo.
Por eso, siento mucho dolor y conmoción, más frecuentemente de lo que la gente cree.
—¿Por qué la gente cree eso?
—Por esa famosa rivalidad, que en mi caso nunca existió y supongo que en el caso de él tampoco.
Pelotudeces que tienen que ver con las diferencias, como Boca-River, que existen para alimentar ese vértigo del consumo de las cosas, pero generalmente eso no pasa en la intimidad.
Sí me ha pasado con otros músicos, que hablan pelotudeces, o que hacen canciones en contra, y yo les pregunto:
“¿No tenés otra cosa para hacer una canción, que dedicarte a un pelado que hace canciones?”.
Una ridiculez.
—Nosotros escuchamos mucha cumbia, ¿a vos qué te genera?
—A mí no me gusta, pero no creo que a todos les deba gustar lo que me gusta a mí.
Cada uno resuena con lo que resuena y los motivos exceden el marco de los caprichos personales.
Debe haber algo que signifique la cumbia, la pertenencia, no sé qué cosa, y uno no tiene derecho a esgrimir sus caprichos y decir: “Esto es mejor que lo otro”.
¿Qué es lo mejor?
Yo no consumo cumbia bailantera porque no me gusta. Me pasa lo mismo con el folklore, el de salón tampoco me gusta.
Me gusta una coya con una caja, un boyerito que toque más o menos en Madariaga, pero el folklore de salón me rompe un poco las pelotas.
—Que no hables del significado de tus temas, ¿es para que nadie se sienta excluido de tus canciones?
—Hay una razón que tengo para mí y es que un artista no debe explicar sus trabajos, porque le quita tensiones.
Y la tensión es una cosa básica en el acto creativo.
El acto creativo no está pensado en términos del bien y del mal, no tiene esa mirada.
Entonces, todas las tensiones que vos diluís en estas conversaciones son tensiones que se te escapan y que vos ya no rescatás para la creatividad.
Por eso, soy enemigo también de dar reportajes.
Esto que estamos haciendo, para mí está mal (ríe), así que mucho menos estaría de acuerdo con explicar algo que tiene que imponerse en tu corazón, sin que yo lo arruine, explicándote las razones que son para mí los motivos de esa frase lírica.
El asunto es si vos tenés poder para llegar ahí, al corazón, independientemente de la lectura lineal que se haga.
Si se reconoce en el corazón, ¡chapó!, pero no le quitemos tensiones al artista pidiéndole que explique lo que quiere decir y por qué, ya que de las tensiones propias vive el artista.
Hay gente que puede escribir muchísimo sobre lo que hace y, además, están los otros, que siempre te explican lo que vos quisiste decir.
-¿Cromañón, Carlos, te pudo haber pasado a vos?
-Sí. Sí, en otra etapa, en otro momento. Y la prueba está en que, al otro día de Cromañón, cerró toda la noche de Buenos Aires. Yo tocaba en lugares muy peligrosos y me daba cuenta. No era un pelotudo tomando merca que no se avivaba, sabía que estaba en lugares donde podría pasar cualquier cosa. Pero ese era el circuito que existía y a tal punto que, cuando pasó Cromañón, clausuraron todo porque estaban todos con el culo al aire, debiendo seguridades. Entonces, por supuesto que me podría haber pasado a mí. Hay una suerte de locura para tirar bengalas en un sitio cerrado. Pero el asunto de las bengalas es una cosa compleja de entender, que forma parte de una tradición cultural muy grande: la pirotecnia está en todo el planeta, desde los mineros bolivianos que festejan tirando cartuchos de dinamita hasta el Japón, donde se usa en las fiestas. La prohibición al aire libre está establecida para las bengalas náuticas, por ejemplo, porque son un arma. Si vos entrás a un kiosco con una bengala náutica, el kiosquero levanta las manos para que no le tires. Yo pertenezco a una edad en la que tirábamos buscapiés y los abuelos saltaban y se reían. Las culturas irrumpen de pronto y hay una aceleración que hace que las nuevas culturas, los nuevos pensamientos y las nuevas miradas, no den tiempo a resolver lo que contiene la tradición. Entonces, empiezan a estar muy mal algunas cosas que hasta hace pocos años eran festivas. Yo jugaba cuando era pibe con rompe portones y hoy en día son armas, directamente. Parece que no hay una manera de readecuar. Creo que, una vez, Charly García dijo: “Entonces, las van a prohibir también en las navidades ". Una cosa es la locura de tirar una bengala donde hay una media sombra, sin embargo, a mí no me sonaba tan loca la imagen de las bengalas en mis recitales hasta que les pasó lo que les pasó a los chicos de La Kenga y ahí dije: “¿Mira si hay un loco que viene con una bengala náutica y la tira?”. Bueno, yo no quiero participar de eso tampoco.
-¿Cómo notás al rock nacional hoy?
-No soy muy del rock nacional. Me gustan algunos trábalos, pero me cuesta opinar de los colegas. Soy muy exigente conmigo y, por supuesto, hay muchas cosas que disfruto, pero decir “tal cosa me gusta" implica abarcar un consentimiento a todo lo que hacen y no estoy de acuerdo. El rock es transcul- lural y eso tiene sus dificultades. Es muy probable que los anglosajones hagan el rock mejor que nadie, por muchas cosas como, por ejemplo, que allá en los colegios los pendejos tocan con instrumentos y desde chicos. Acá, los pibes aprenden a locar de oído en un garage, con la guitarra berreta que puedan comprar. Entonces, es diferente cuando vos salís de un país que tiene muchísimos más habitantes que estudian música en los colegios y que tienen instrumentos para aprender; es lógi- c<»que donde haya un caldo de cultivo más grande se hagan las cosas mejor musicalmente y haya más talentos. Pero acá hay cosas que también están bien. A mí, me gustan algunos músicos aunque no tanto su proyecto o el concepto general que llenen, como por ejemplo el saxofonista Gonzalo Palacio, o los músicos que tengo yo, que son muy buenos y en sus proyectos lineen lo que pueden.
¿Qué te producen cinco años sin Jorge Julio López?
La incertidumbre de lo desaparecido. El hecho de la muerte no es tan terrible, porque vivimos en contacto con la muerte. Pero la desaparición no tiene remedio, para la familia, para la gente, para la sociedad toda. Para la familia, ni hablar. No tener ni una certeza de cuál fue el destino, no saber nada...
Y en el caso de I,ópez, pasa eso. Sabemos cuál es el destino de el Nadie puede creer que esté vivo, pero ¿dónde está, dónde lo tienen? El asunto es el hecho de no saber. La desaparición de alguien es una cosa muy jodida de asimilar.
-¿Y la Noche de los Lápices, qué te dejó?
-Si hay desapariciones que son jodidas, la Noche de los Lápices es terrible, porque una cosa es cuando sos un militante activo o formás parte de un grupo armado, en el que vos ya sabés que estás jugándote la vida, pero otra cosa son pibes reclamando un boleto estudiantil. Volvemos al estado de inocencia: los adultos nos merecemos lo que nos merecemos y nos tenemos que hacer cargo de las actitudes que tomamos. Yo tengo muertos queridos, chicos adolescentes... Fue una barbarie, una muestra de lo que fue ese período.
-¿Sufriste la dictadura en carne propia?
-Sí, y pertenezco a una generación de clase media que leyó tempranamente a Norman Mailer, a John Dos Passos y a un montón de escritores que nos decían que era muy poco probable tomar la Casa Rosada con máuseres, que era mucho más inteligente contaminar la cultura. La política del éxtasis, de la que era parte, no pretendió cambiar la sociedad, sino cambiar la especie. Entonces, se desprende de lo que estamos hablando que yo soy un hombre de la psicodelia tratando de explicar que mi mirada política no tiene que ver con el sentido común. Fuimos cínicos tempranamente. Sabíamos que era muy difícil en ese momento asaltar la Casa Rosada y tomar los lugares del poder con la fuerza de las armas. Y hay 30 mil jóvenes heroicos, desaparecidos, cuyas intenciones sabemos cuáles eran.
-¿Sentís nostalgia por Los Redondos, a diez años de su último recital?
-No, porque la traición tiene una cosa jodida: arruina el pasado, no sabés cuándo empezó. Extraño a Semilla, pero en el núcleo de los que habíamos hecho eso, hay infracciones a la honestidad que son muy jodidas, que no me permiten recordar las cosas con alegría. Me encantaría poder pensarlo apartándome de esta mirada teñida, porque fueron momentos muy importantes, pero hay cosas que arruinan todo y la traición es una de ellas. Ese es el gran problema.
Sin los lentes, Carlos nos deja ver otra de sus pasiones, tan humana, tan cultural, tan popular, tan argentina: “Miro fútbol, de acá y de allá. El Barcelona me llena los ojos, porque tiene grandes jugadores y tres que sobresalen, como Messi, Iniesta y Xavi, pero allá juegan con otras libertades. No sé qué pasaría si ese equipo se enfrentara a Arsenal de Sarandí, por ejemplo, porque acá se juega muy bravo”.
-¿De qué cuadro sos?
-Bostero, y lo sigo siempre. Miro todos los partidos por televisión, aunque no voy a la cancha, porque soy fóbico.
-¿Te gusta Román?
-¡Ufff, Román, chapó! Tengo dos camisetas firmadas por todo el equipo, pero para mí Román es un grande, un jugador enorme.
-¿Por qué seguís tocando?
-Porque me gusta, como a quien le gusta ir a pescar. ¿Por qué a los 62 años te levantás, te cagás de frío y te metés a un bote en medio de una laguna? Bueno, a mí me gusta ha- eer canciones, es lo que creo que sé hacer y también lo que lie aprendido a hacer. Yo soy un hedonista ético. Me gusta el placer, pero tengo una cierta ética que me permite vivir sin mucho fasto. El “palacio” del que habla el periodista de ( 7orín, en realidad, es una vieja casa que tenía el rematador de los terrenos y yo lo compré antes de que se hiciera la autopista, por un valor muchísimo menor al que tiene hoy. Tuve culo. Bah, en realidad me quise ir a vivir lejos de la ciudad, en una época en la que se tardaba casi una hora en ir del centro a Parque Leloir. Y compré por muy poco dinero una casa que no se la podían vender a nadie, con una hectárea de terreno, pero que nadie quería pagar porque era un lugar que no lo valia. A mí me llevaron ahí mis fobias. Invertimos todo en eso y después tuve el ojete de que hicieron la autopista y los valores crecieron pero, en realidad, la casa es vieja y sigue teniendo las paredes de adobe. Yo sigo tocando porque me gusta hacer canciones. Eso me permite vivir en un lugar que me gusta, rodeado de la naturaleza, que me hace mucha falta en esta etapa de mi vida. Y me va bien, no reniego de que me vaya bien. Pero es lo que me entretiene, no me gusta hacer otra cosa. Me entretiene jugar, dibujar, pintar, escribir. Y también, seamos sinceros, cuando tenés la posibilidad de subirte a un escenario frente a 8o mil personas que están a favor de la música que hacés, es conmovedor. No es una milonguita cualquiera. Es una energía que pasa a través de uno; sos el pivot de la energía de miles. Entonces, se siente como una droga que es fuerte. Lo que me gustan son las dos horas que estoy arriba y los momentos en que estoy creando, pero no la otra parte de la producción independiente, que es lidiar con la gente que te pone el pie para que te vaya mal, como el que alquila equipos y luces para que vos no los tengas, aunque no los vaya a usar. Los proyectos independientes exitosos no son muy bien vistos por los productores en general. Entonces, es complicado. Hay muchos momentos de displacer y cuesta mucho laburo asomar el cogote para que te vaya bien y no tener problemas. Ahora, en el momento que entro al escenario, se me van todos los dolores. Entonces, evidentemente, hay algo. No me gusta usar la palabra magia, porque no es mágico el cariño, el cariño de la gente es conmovedor. Yo siempre digo que independientemente de lo que creen los demás, lo que más disfruto no es del dinero que me da lo que hago, sino hacer una veintena de canciones nuevas para el mundo y que la gente las cante. Después, yo estoy a favor de vivir bien, me encanta y quisiera que todo el mundo pudiera vivir así, no que nadie más lo haga, que es una manera distinta de ver la ecuación. Ojalá que todo el mundo pudiera vivir de la manera que vivo yo, y no al revés.
-A los 62, ¿qué miedos tenés como padre?
-El temor más grande pasa por que ya entraste en una etapa en la que en cualquier momento lo dejás. Me gustaría dejarlo ya adolescente, grande, medianamente guiado, ayudado por uno, y de eso no tengo la certeza. La vida bohemia siempre es muy egoísta, y yo viví bohémicamente una vida muy egoísta, en el sentido de saber que no tenés que tener arrastrando a una criatura en ese tipo de vida ¿no? Mi compañera tiene 10 anos menos que yo y, cuando decidimos tenerlo, ya estaba llegando el momento de la pérdida de fertilidad, entonces ahí cambió totalmente el eje de nuestras vidas. Ya no es nuestra vida, la vida de Bruno es la que importa. Más allá del cariño que uno pueda tener con el hijo, es uno mismo proyectado a luí uro, es un nuevo modelo de nosotros, y entonces es lógico que esa sea la vida importante. El temor que tengo es ese, de pronto, bueno..., tirando papel picado, espero llegar a que tenga 17, 18 años... Uno ha cuidado tan poco el cuerpo, que sería maravilloso poder llegar.
Izquierdo y humano, y humano, y humano. Sin máscaras, ni caretas. Sin barreras, ni fronteras. Sin muros, ni vidrieras. Asi, la vida se vive mejor. “Gracias a ustedes por el cariño”, nos despidió, después de dos horas, encerrados en su habitación. Gracias a vos, fuimos libres.
Música para pastillas
Carlos Fuentealba: “No tengo tan presente su historia, pero sí lo tengo en la memoria. No recuerdo los detalles, pero sí lo más importante respecto de su muerte. Es necesario que la sociedad entienda el porqué. Y no es fácil que se dé eso, porque es incómodo aceptar ese tipo de cosas”.
El Che: “Para mí era útil en Bolivia, no en el póster. A mí no me gustan mucho las estatuas, las palomas les cagan las cabezas. El Che era un personaje vivo como revolucionario y extraño su actividad. A mi edad, tengo un recuerdo de él más firme que el que puede tener un pibe que compra un póster, como si fuera un superhéroe. En realidad, era un hombre. Con unos cojones así”.
Evo Morales: “Es otro de los misterios maravillosos de este momento. Ya era hora de que alguien pusiera el poder en manos de los aborígenes. Porque los uruguayos y nosotros somos como extranjeros en América Latina, al ser descendientes de los barcos. Cuando recorrés Latinoamérica, te das cuenta de que el porcentaje de aborígenes es muy grande y que han estado sojuzgados por la clase media y alta, que siempre son blanquitos. Ix> mismo pasa en Brasil, con la negritud. Hoyes una potencia, pero la pobreza sigue siendo la misma”.
Jorge Julio López: “Su desaparición es una incertidumbre muy difícil de sellar, pero a toda la sociedad le tiene que afectar. Todos sospechamos por qué lo desaparecieron y hasta nos imaginamos quiénes fueron los responsables, pero el asunto es que ‘sospechamos que...’, ‘creemos que...’. La desaparición tiene esa cosa espantosa, a la que nos ha tenido acostumbrados nuestra historia durante un tiempo”.
Candela: “Creo que la vida es un relato de la vida. Y de acuerdo a quién la relata, tenés una versión diferente. Estamos viviendo en un mundo medio babélico, ¿no? Lo que me duele es que una criaturita de 11 años ha tenido un padecimiento extremo y eso no tiene justificación. El mundo está interesado en ver a quién le echa la culpa, pero en realidad lo dramático es la manera como ha muerto una criatura inocente, porque mancillar un estado de inocencia, no tiene perdón. No hay gloria que lo justifique”.
Walter Bulacio: “Está eso inasible. Es una de esas cosas que no tienen solución y lo único que se puede hacer es no olvidar. Por eso en el último show pusimos la palabra ‘justicia’. Uno hace lo que buenamente puede, especialmente fuera de los momentos críticos, donde todo el mundo habla de él en los medios. Por ejemplo, ahora, nadie está hablando de Walter. Entonces hablo yo, para prolongar el tema, no sólo cuando está de moda”.
Charly García: “Prefiero no opinar de su intimidad. Como artista tiene cosas buenas, algunas líricas buenas, tempranas, pero no soy un seguidor de García. Hay etapas que me gustaron más, muy sinfónicas, como cuando tocaba en La máquina de hacer pájaros. Cuando para mí hay mucho cambio de acordes, me parece una bossa nova rápida de la cultura rock que me rompe las pelotas”.
Skay: “Para mí, hay cosas que no tienen remedio, es así de simple. La amistad es la amistad, o no es. Si yo te cago con algo, no hay otra manera de verlo. Se acabó, sobre todo cuando depositaste mucho cariño, mucho amor, en alguien. Li decepción es todavía más grande. Cuando vos creés que alguien es leal, la traición es muy jodida. De los que no esperás nada, te importa un queso”.
Gustavo Cerati: “A Gustavo lo respeto mucho y me da muchísima pena lo que le está pasando. Siento el esfuerzo de la mamá por mantener viva la esperanza. Cada dos por tres, a través de Martín Carrizo, que ha tocado con Gustavo tiempo atrás y tiene buena relación con la familia, le mando una buena noticia de mi corazón a la mamá”.
Pato Fontanet: “Lo que pasó en Cromañón fue como ese juego en el que le van sacando sillas. O como cuando se van pasando una granada, hasta que a alguien le explota en la mano. Tiempo atrás, yo tocaba en esos lugares y sabía que era peligroso, que podía pasar cualquier cosa, pero era el circuito que había, a tal punto que cuando sucedió la tragedia clausuraron la noche, porque estaban todos con el culo al aire. Entonces, por supuesto, Cromañón me pudo haber pasado a mí”.
Sociedad anónima
Un parto, literal. Nueve meses de gestación, con vómitos, con náuseas, con mareos, con patadas en la panza. V un día, la emoción, el grito final, el Indio Solari en la tapa que consagró a La Garganta como lengua universal.
Lacónico, Julio, el manager de Carlos, empujó cuatro palabras para el envión perfecto: “Indio aplaude el proyecto”. Pero recién ocho meses después confirmó su cita villera. Y entonces, el desafío fue encontrar la manera. Todo impensado, de principio a fin. Un auto prestado debía llegar a Junín, pero se sumó al desatino: dijo basta cerca del destino. Se clavó. Ni para adelante, ni para atrás. No quiso más. Paola, Romina y el productor debieron seguir a pata, la opción más barata para completar el emotivo trayecto del colectivo. Más que un bon- di, una carroza, La Poderosa.
Burlando los baches de la cooptación comercial, sorteando las barreras de la apropiación personal y evitando el conges- tionamiento de la política partidaria, la organización comunitaria escogió desde su origen la ruta del 'anonimato*' individual. Un método original, para hacer prevalecer esa identidad plural, cual ejército zapatista, a excepción del staff de la revista, que informa como cualquier periodista desde la propia subjetividad. Para todo lo demás, existe la comunidad.
Pues qué fácil hubiera sido, para los medios hegemónicos que nos han querido destruir, señalizar a La Garganta con un rostro personal, para arrojarle sus dardos el día que se portara mal. No pudieron esta vez, como lo hicieron tantas veces, porque La Poderosa siempre supo que afectaría sus intereses.
Y que no sería más de lo mismo. Aunque en los barrios faltaran herramientas para hacer periodismo, ya estaba claro que algo venía mal o demasiado raro: ¿200 años de crisis vo- cacíonal? Sin comunicadores villeros que hubieran trascendido, para rendirles tributo como era debido, el conjunto de las asambleas ensambló sus ideas para alcanzar un financiamien- to comunitario que permitiera formar a los comunicadores del barrio. ¿Pero mientras tanto, cómo imprimir la publicación para hacerle frente a la estigmatización y a esos informes incendiarios? Con la colaboración de periodistas anónimos y voluntarios, capaces de comprender que a 30 años del genocidio sobre los compañeros, las villas requieren nuevas voces, no nuevos voceros.
¿Cómo puede ser que las fotos tengan esa iluminación? ¿Dónde aprendieron las técnicas de redacción? ¿Quién aporta la ilustración? Todas esas curiosidades que suelen emerger ruando La Garganta visita universidades, apuntan a poner el valor agregado en los saberes que la educación formal les ha dado a los otros, no a nosotros. Y ahí se equivocan nuevamente, porque el valor agregado que hizo a esta experiencia diferente, no radica en los manuales del mercado, sino en los Haberes que históricamente han desestimado. No fue la academia inmaculada, ni la lectura, ni la billetera: fue la mirada de la cultura villera.
¿Y la rima? Y la rima no lastima, embellece, es menos mala de lo que parece. Amiga del hip hop, el rap, la cumbia, la bachata y toda la música que suena en cualquier chata, se volvió también una herramienta de formación en el barrio, que nos invitó a mejorar el vocabulario, porque cuando amor no pega con silla, el diccionario te obliga a pensar en la “villa”. ¿Se volvió entonces la rima, el credo y la condición? Ni en pedo, apenas se volvió una opción, porque cuando la literatura se transforma en un cerco, reaparece la dictadura en la boca de cualquier terco.
Y no, lo que no surgió del suelo embarrado no se pregunta. Y no, lo que no respondió el entrevistado no se fuerza, ni se versa, ni se inventa, ni se pone a la venta, cortando, pegando y adaptando. Cada comunicador lleva sus ideas a la asamblea del barrio y después a la reunión de sumario, donde se tiran los ejes generales de la nota y se decide quién mueve la pelota.
A la vanguardia, están siempre los vecinos que no bajan la guardia, los que asumen todas las responsabilidades de las entrevistas, como buenos cooperativistas de una iniciativa comunitaria, que se impuso como regla terminar la secundaria. Pues no habrá grito de guerra que garantice la paz, mientras las villas dependan de los demás.
Algo de eso, algo de todo eso habló el Indio, con Pao, con Romi y con algún productor anónimo también. Porque sí, lo entiende, lo entiende muy bien y a su modo acompaña el viaje de la moto, sin necesidad de posar para la foto, dado que su arte habita en ese show que imanta sobre el escenario, así como La Garganta habita en el barrio... No se puede tapar la vida, con todo ese papel de diario.










