domingo, 5 de marzo de 2017

7043 - Enrique Mono Villegas - 1996 - Antología


TIEMPO ARGENTINO
Sábado 12 de julio de 1986
Ricardo García Oliveri


Murió ayer el pianista Enrique Mono Villegas

El mejor exponente del jazz en el país y un humorista nato desaparece a los 72 años.


El pianista de jazz Enrique Mono Villegas, considerado com uno de los músicos más importantes de ese género musical en la Argentina, falleció la noche del jueves, víctima de un ataque cardíaco. Sorprendido por la muerte cuando había concurrido a visitar a su médico en com-pañía de su secretaria Selma Henry, la noticia de su deceso recién tomó estado público en las primeras horas de ayer.

El Mono, apodado así por sus facciones físicas y un humor considerado simiesco nació en Buenos Aires el 3 de agosto de 1913, en Charcas y Agüero, en el Barrio Norte. Viajero incansable, humorista cáustico y por sobre todo, un pianista de gran talento, dueño de un eterno aplauso admirativo. Desde muy joven estudió en el Conservatorio Williams, de la calle Suipacha. En 1932 estrenó “Concierto para piano y orquesta’ ’, de Ravel, en el Teatro Odeón de Buenos Aires. En 1934 estrenó la versión original de “Rhapsody in Blue”, de Gershwin en el Consejo Nacional de Mujeres. En 1941 estrena su composición “Jazzeta, primer movimiento”, con Carlos García como solista. Al año siguiente dirige el “Concierto ideal de jazz”, en Radio Belgrano, estrenando su tema “Salto de las 3”, y en 1943 forma el Sexteto Santa Anita en La Cigale con Juan Salazar en trompeta, el Chino Ibarra en saxo tenor, Pancho Cao en clarinete, Tito Kreig en contrabajo y Adolfo Castro en batería.

En 1944 forma el combo Los Punteros con el Bebe Eguía en saxo tenor, Jaime Rodríguez Anido en guitarra, el Nene Nicolini en contrabajo y el Pibe Poggi en batería. En 1949 ingresa como pianista el dúo Martínez- Ledesma en reemplazo de Horacio Salgán, donde aprendió a tocar música criolla. En 1950 ofrece un recital en el Teatro Odeón donde interpretó obras de Brahms, Ravel y Bartok. En 1953 escribe la música para “Un tranvía llamado deseo”, para el Teatro Casino (compa-ñía de Mecha Ortiz). Tiempo después graba para el sello discográfico Mush-Hall con los hermanos Abalos y gana la copa Mundo Radial, fundando el Bop Club de Buenos Aires. En 1955 graba en la Columbia Records de Estados Unidos junto a MiltHinter y Cozy Colé la serie “Columbia CollectorsItem”, donde editó “Very, very Villegas”. En 1958 participó en el Festival Ca- sals en la Universidad de Puerto Rico, donde asistieron entre otros Isaac Stern, Victoria De Los Angeles y Pablo Casals.

El Mono Villegas tuvo épocas de esplendor, como cuando vivía en Tucumán 672, donde compartió innumerables veladas junto a sus grandes amigos como Alexander Borovsky, Friederich Gulda, Agustín Lara, Pérez Prado y Armando Manzanero. A su retomo de Estados Unidos, en 1971, toca en el Teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires, instrumentado por Ferde Grofé, autor de “El gran Cañón del Colorado’ ’ acompañado por la Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por el maestro Pedro Ignacio Calderón. En 1972 ofrece una serie de conciertos en los ciclos organizados por Segba y en 1974 toca en el estadio de Vélez Sarsfield ante 30.000 espectadores, lo que le significó una de las ovaciones más recordadas. En 1982 se presentó en el Teatro Municipal General San Martín, junto a Oscar Alem y Osvaldo López.

Entre sus últimas actuaciones en público quedará grabado en la memoria de todos los amantes del jazz, el homenaje que le brindó el Centro Cultural General San Martín hace poco menos de dos años. A la pregunta que se le formuló sobre el significado de dicho homenaje, el Mono, respondió que sólo se hacen homenajes cuando la gente se muere.

Levantemos un pañuelo para darle el adiós

Haciendo caricias perversas a las necrológicas estúpidas y uno, que también tiene su pequeña historia, pastoras en la memoria y chupa los clavos de la melancolía.

En el calor infatigable de la adolescencia Villegas se le apareció como un rayo imponente y sarcástico hace como 25 años en algo así como un café concert de la calle Viamonte al 1000 y pico.

Tanto amaba Villegas el piano como amaba la palabra y cada vez que sus dedos apuntaban a las teclas tiraba frases envueltas en veneno y borrachas de ternura.

Detrás de su devoción a Ellington, a Monk, al piano mismo, al piano jamás maltratado, al piano amante, Villegas demostraba al que le gustara y al que no, que era un humorista.

Chiquito a la vista, grande en la imaginación, Villegas vivió como le dio la gana. Tocó como le dio la gana. Se fue cuando no pudo más.

Hace meses uno que lo llevaba prendido de las orejas, como los mejores tesoros de los piratas, lo veía pasar por la calle Uruguay con su tranquito, muy dobladito y estirando los ojos en una sonrisa a manera de un corto saludo.

De despedir uno se aburre y sopla el polvo de los discos. Ni se atreve a decir que este señor fue un grande y con esa disciplina de los mediocres sólo se anima a levantar un pañuelo blanco y decir adiós.
Jorge O. Palacios


ANECDOTARIO

•-Enrique Villegas era famoso porque en sus conciertos hablaba tanto como tocaba. El mismo contaba que una vez llegó un cliente muy apurado al “676”, el club de Piazzolla. “¿Y Villegas?”, preguntó. “Ya está tocando”, le respondió el portero. “Ah, entonces vuelvo más tarde, cuando esté hablando”.

•-Pero no siempre esa cualidad era apreciada. “Menos charla y más música”, aulló una vez una voz femenina desde la pullman. “Una cosa tiene que ver con la otra, doña”, replicó el Mono, “y además, ya verá que cuando yo empiece a hacer música usted no la va a entender”.

•-Aunque yo creo haber descubierto su estratagema, tal vez inconsciente. Lo que conversaba durante sus actuaciones estaba en relación inversamente proporcional a la calidad de los instrumentos que le tocaban en suerte. De todo, hasta una vez, en el Auditorio Kraft de entonces, un piano vertical. Ese día casi no tocó, y todos lo comprendimos.

•-Cierta vez Gulda, que lo había advertido entre el público, le preguntó cómo estaba: “Formidablemente. ¿No ve que lo estoy es-cuchando tocar?”

•-El Mono sostenía la tesis de que la buena música producía un bienestar directamente físico, no ya espiritual. Una somatización, pero para el lado bueno.

•-Como escucha, Villegas traía la costumbre del jazz, de asentir, de apoyar cada acierto del artista. En el Carnegie Hall tocaba Rubinstein, y una señora gorda lo chistó: “¡Cállese! ¿Qué va a pensar el maestro?”
“Que por lo menos, entre tanta gente, hay uno que lo entiende.”

•-Primeros tiempos del gobierno de Videla. Ofrece un concierto en el San Martín. Sale a escena y. entre los aplausos, dice ante las mil personas que colmaban la Martín Coronado: “Ante todo debo felicitarlos, porque veo que están vivos. Eso, hoy por hoy, ya es un mérito’ ’. Por mucha distancia, fue la primera acusación pública, formulada en un teatro oficial, que recibió la dictadura.

•-Recepción del ambiente en el Plaza Hotel. Otra dama le advierte: “Allí está Malcuzynski”. “A mí, no me molesta”.

•-Cierta revista anuncio un memorable ciclo suyo, en el Presidente Alvear, diciendo que era un músico exquisito, pero minoritario. La sala, sin embargo, estaba de bote a bote: “A ese periodista le pregunto, como el japonés del cuento, ¿y esto qué es, veldulita?”

•-Como no soy específicamente crítico musical, mi relación con él nunca fue profesional. Tampoco cuando le solicité, telefónicamente, una entrevista. “¿Para qué es?” “Preferiría decírtelo personalmente, pero... bueno, quiero hacer una película sobre Enrique Villegas.” “Ah, bueno, entonces sí. Vení nomás. Me quedo tranquilo porque ahora ya sé lo que no vamos a hacer.”

Era un sabio, el Mono, o un clarividente. Meses después sobrevenía el “rodrigazo”. Todo aumentaba de valor, menos el dinero que, peso ley sobre peso ley, habíamos juntado varios fanáticos del jazz, del Mono, y del cine. Aquella película nunca se filmó, de más está decirlo.

Nos recibió en su departamentito de la calle Ecuador, del cual eternamente estaban por desalojarlo (finalmente lo consiguieron, tengo entendido), una noche de calor infernal, en calzoncillos y poniéndose hielo en una muela. Sobre el piano de cola que apenas cabía en la pieza, toco Schubert: “Nunca se termina de descubrirlo”.

•-Villegas llevaba un diario de su vida para destruir, según él, la fantasía del artista disipado. Sus días eran absolutamente metódicos, igual uno a otro a lo largo de tantos años. Se levantaba tarde, se iba al cine, comía poco, y alguna mujer solía negársele: después, iba al trabajo, fuera el Colón o cualquier otra parte.
También tachaba en el almanaque cada día que pasaba, como suelen hacer los presidiarios.

•-Todas esas tareas han concluido. Quedan en el tintero su admiración por el maestro Alberto Williams, la relación de sus formidables fracasos en los Estados Unidos (donde, como se sabe, todo el mundo triunfa), el deseo irrealizado de grabar con Erroll Garner un disco a dos pianos que debía llamarse “Black & White”, sus rencillas con Lois Blue.

Contaba que el empresario del Odeón le advirtió antes de un concierto: “Tenga cuidado con lo que dice, que aquí actuó Sarah Bernhardt”. De aquí en más, valdrá recordar que en el Odeón actuaron Sarah Bernhardt, y Enrique Villegas. Aunque tal vez no sea necesario.

Texto de la Cubierta Interna del Compact Disc:

Cuando los amigos de Jazz & Fusión S.R.L. me propusieron editar un CD de ENRIQUE VILLEGAS, me hicieron sentir muchas cosas. En primer lugar, la emoción de recordar esas increíbles sesiones de grabación con el querido “Mono”. Las dificultades para conseguir un piano de su marca preferida, el Baldwin, que, afortunadamente, siempre lográbamos alquilar. Las alegrías y las broncas que süponían dichas sesiones, porque Enrique podía pasar de algún contratiempo circunstancial a la más absoluta ternura, que se expresaba en un rostro pleno de felicidad cuando todo comenzaba a funcionar en el clima imaginado por él. Pero las sesiones de grabación no tenían solamente el condimento de la música. Enrique tenía un libreto previo que cumplir, como usar la remera que usó en los Estados Unidos cuando grabó los dos memorables registros con Milt Hinton y Cozy Colé. Solía cambiarse en el estudio de grabación y andaba en calzoncillos por la oficina de administración como si fuera la cosa más natural del mundo, a pesar del espanto de las empleadas de turno. Fue todo un personaje.

Habría tanto para recordar que no alcanzarían las hojas de este folleto para describir todas sus anécdotas tan sabrosas. Pero lo escrito mas arriba alcanza y sobra para darnos cuenta que estábamos en presencia de uno de los seres más puros, inocentes, simples, auténticos y honestos de este país. Sus pasiones se reducían a una síntesis admirable que había logrado para tener muy en claro cuales eran las cosas por las que la vida merecía ser vivida. La música, un buen piano, tocar todos los días durante cuatro horas las obras de los grandes maestros de la música clásica, el cine, comer bien y leer a Macedonio Fernandez, por el que sentía una admiración sin límites, adhiriendo incondicionalmente al pensamiento y la filosofía del gran escritor. Con todo lo citado Villegas supo orientar su vida y fue absolutamente fiel a si mismo. Su honestidad con la música fue de tal magnitud que hasta llegó a sacrificar sus posibilidades de bienestar, como cuando tuvo que aguantar largos años de ostracismo en los Estados Unidos, sin grabar, porque no aceptó llevar al disco el repertorio que le imponían y con el que no estaba de acuerdo porque no lo sentía. Tan honesto fue como que nunca aceptó firmar un contrato por todos los discos que grabó conmigo. Decía que aún con contratos lo habían perjudicado bastante, de manera que prefería confiar en que un buen apretón de manos y la palabra empeñada eran suficientes. Ambos fuimos fieles al compromiso asumido y Villegas registró todos los discos que realizó en nuestro país bajo mi producción, lo que me convierte en un privilegiado.

Enrique no solo era un excelente pianista sino que, tal como lo pueden atestiguar todos aquellos que siguieron su carrera, era un admirable conversador y comunicador con su audiencia. Lo que los norteamericanos llaman un “entertainer”. Tanto es así, que un día fui testigo de un comentario de dos personas del público durante un recital que estaba ofreciendo en una sala de la Sociedad Hebraica Argentina. Durante el intervalo, mientras los asistentes salían de la sala, escuché que una persona le comentaba a su amigo: “Enrique Villegas, además de buen cómico, es un formidable pianista”. Habían ido a escucharlo hablar!

Los invito a escuchar muy atentamente la sinceridad de sus interpretaciones, sus notables hallazgos y su estupenda creatividad. Ofrecerles esta selección es una obligación muy honrosa porque nos permite preservar la memoria cultural de los grandes personajes y artistas de nuestro país. Sin duda, Enrique “Mono” Villegas pertenece a esa categoría, por lo que me siento muy orgulloso de ofrecerlo por primera vez en CD.

Alfredo Radoszynski Abril de 1996

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