domingo, 10 de febrero de 2019

7270 - Santiago Gomez Cou - 1970 - La Grencha Engrasada

SANTIAGO GOMEZ COU
con el cuarteto “Guardia Vieja”

Imponente mole física; lacio pelo caído sobre la frente; fijo mirar autoritario aunque socarrón; los ojos de una luz permanente de cordialidad; aletas de nariz siempre abiertas como para hacer más hondo su respirar ansioso, dueño de todos los aires y desafiador de todos los vientos; ancha frente amplia; agudos bravos oídos de pugil en descanso; manos anchas y fuertes propias del aprieto amistoso o de la trompada demoledora; andar balanceado, como el de navegante en tierra firme, apoyado en un taconeo inequívoco, algo provocador, que se abría paso parsimoniosamente con la seguridad en sus bien basadas fuerzas que unas veces ostentaba a manera de advertencia y otras disimulaba en modo de reserva, de previsión. Justificado así físicamente, su apodo de “El Malevo”, eufemismo de Carlos Muñoz y su seudónimo Carlos de la Púa. A pesar de su patronímico de indiscutible estirpe hispánica, se ufanaba de su ascendencia típicamente criolla. Repetía con mucha frecuencia:

—Desciendo de varias generaciones de argentinos.

Su seudónimo provenía de sus tiempos de servicio militar cuando, aprendiz de periodista, envió desde los cuarteles, a un diario de tirada metropolitana, crónicas —crónicas de un conscripto— en las que apuntaba su rebeldía y, muy particularmente, su estilo tajante, pintoresco, matizado de expresiones populares.

También de otro modo, menos objetivo, podría definirse: un caudal de emoción en borbotones; de inteligencia siempre en acción; de alerta permanente para la nota periodística o para el tema poético —actividades (periodismo y poesía) que cultivó infatigablemente—; para la gracia que en él fue ingenuamente —para la amistad— la que nunca faltó; para la vida en su aspecto primordial en todas sus manifestaciones: en desplantes de compadrito criollo y de sibarita porteño.

Desde el primer momento que nos dimos el inicial apretón de manos, desde que nos conocimos en la memorable redacción de “Crítica” —que ya pertenece a la historia del periodismo argentino— El Malevo y yo fuimos definitivamente amigos, y así permanecimos, hermanados después en muchas tareas y en andanzas, cuyos recuerdos pueden configurar un libro curioso y singular, testimonio vivo de una época, de una generación, libro que estoy en vísperas de escribir.

Durante años fuimos cotidianamente inseparables, a partir de las primeras copas amparadas en bares estratégicos de familiares esquinas porteñas, a media tarde, hasta la frecuentación de los espectáculos y de los ateneos, y a los encuentros que presidíamos juntos en cumplimientos de nuestra tarea periodística, para después compartir, en escritorios contiguos, la labor común de la redacción y luego, insumirnos en las duchas nocturnas, participar en libros insólitos, en las madrugadas, en planas infantiles, bien creador, con largas y verbosas sobremesas, antes de enfrentarnos con los desafiadores de la luz del día, rumbo a nuestras, por lo general, ocasionales residencias.

Nuestro viaje a Estados Unidos como adelantados del periodismo argentino a la vida tumultuaria del gran país del Norte, fueron etapas de un itinerario fascinante que un periodista vive de las amistades y fraternizaciones con sus iguales y con figuras destacadas en los dominios del arte y de la ciencia. “Crítica”. Y fue la nuestra una sucesión de episodios, algunos dignos de Murger, por su vivencial bohemio; otros de Aretino y de Boccaccio, por su pecaminosidad y picardía; otros dignos de Casanova y de Don Juan, por todo lo que tuvieron de aventura y de amor. Y tan vinculado estuvo El Malevo a mi afecto, a mis recuerdos, que lo convertí en protagonista de mis distracciones, de las muchas que ofrecí en América, en amplios períodos de poeta. Y así difundí su figura, su personalidad periodística, su calidad de poeta, su pintoresquismo personal, y sobre todo, su espíritu de muchachón grandote, de compañero sin par.

Bien que quisiera ahora tener un mano a mano con él. De hablarle “gambeteado” en la Parca; estaríamos —seguro estoy— noche a noche, en algún rinconcito, en alguna cantina, dándole a “la sin hueso”, sosteniendo el terco de nuestro diálogo a la ciudad de los “rascacielos”, de nuestras aventuras con Henry Hoover, Henry Ford, Edison, Rockefeller, de nuestras visitas a Jack Dempsey y a Paul Whiteman; evocaríamos el tango que bailamos con Dolores del Río a nuestra primera llegada; la llegada del Gran Zeppelin a Nueva York después de su primer travesía atlántica y el partido finalista de polo entre argentinos y yanquis por el campeonato mundial; recordaríamos la época de “los siete criollos en Estados Unidos” que fue bautizada “humedad porteña”, el navío de los Estados y el álbum que llevábamos para entregar en propias manos a Charles Spencer Chaplin, ciudadano del mundo inolvidable.

La serie de recuerdos podría ampliarse al de nuestra noche en la isla de Barbados y al de nuestras noches de Buenos Aires, en La Terraza, en El Tropiezón, en “Los Inmortales”, en la cortada de Caraballo, en “El Puchero Impecioso”, este último así bautizado por Enrique González Tuñón porque el suculento y bien despachado plato que nos servía costaba menos de un peso indicado por un “vale y medio recuerdo y otro”, entre el humo del café y la vida sencilla. Y El Malevo se enojaba revolvería de picardías y me decía: “Barrio Once”, o invitaríamos a Raúl González Tuñón a que nos repitiera: “Eche veinte centavos en la ranura si quiere ver la vida color de rosa”.

Actualizo la dedicatoria de El Malevo en una de las ediciones de “La Creación Engrasada”: “A Jorge Luis Borges, de Carlos, en recuerdo de la juventud”. Y con el amor por Buenos Aires, Paraguay, ahora; en los que lo conocieron, en los que lo recuerdan con emoción renovada, rivales en mi fervorosa amistad con Carlos de la Púa, entrañable e inolvidable Malevo Muñoz.

Precisamente, luego de un estudio realizado a conciencia, BGM Industrias del Disco S. A., ha considerado que nadie mejor que el primer cantor SANTIAGO GOMEZ COU, con el acompañamiento musical del Cuarteto Guardia Vieja, para interpretar, según su ciencia y conciencia, el alegórico espíritu del “Malevo Muñoz”. En ellos hemos depositado nuestra plena confianza. Ustedes juzgarán.

ROBERTO A. TALICE 

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